(Opinión) Jonathan Moya: Gritó gol, pidió silencio y generó un escándalo que perjudica a todos en Alajuelense

Los jugadores manudos no entienden que su afición los mide juego a juego

(Opinión) Jonathan Moya: Gritó gol, pidió silencio y generó un escándalo que perjudica a todos en Alajuelense

Jonathan Moya necesita subir su nivel en Alajuelense.

Ferlin Fuentes·1 de agosto de 2025 a las 8:03 a. m.

Hay momentos en que un gol lo cambia todo. Pero hay otros en que un gol, lejos de apagar el fuego, le echa gasolina. Lo que pasó con Jonathan Moya este jueves en el Morera Soto es de esos segundos casos: anotó, sí, pero también desató un polvorín que ya tenía la mecha encendida desde hace rato.

Moya marcó un golazo ante el Plaza Amador en la Copa Centroamericana. Un buen cabezazo, que finalizó una buena jugada de Jeison Lucumí. Pero apenas la red se sacudió, el gesto del silencio hacia la gradería eclipsó todo lo anterior. El dedo en la boca, el mensaje claro: “cállense”.

¿A quién iba dirigido? A la afición. Esa misma que, es cierto, venía silbándolo. Una afición harta de las sequías, frustrada por la falta de goles, especialmente de sus delanteros, y molesta por ver cómo, torneo tras torneo nacional, la Liga tropieza en la parte más importante del campeonato. No es que sea una hinchada perfecta —ninguna lo es—, pero no se le puede pedir aplausos cuando el rendimiento no da para eso.

El escándalo que generó Moya, perjudica a todos en la institución.


Y ese es el punto: Jonathan Moya no ha tenido un rendimiento aceptable. Seamos francos. Su cierre del Clausura 2025 fue débil. Las lesiones lo mermaron, los goles desaparecieron, y con ellos, la confianza de una afición que aún espera una versión más constante de su “9”.

¿Que arrancó este semestre con gol? Bien. Pero el fútbol no se trata solo de lo que pasa en un partido. Se trata de contexto, de historia reciente, de sensaciones. Y lo que sintieron muchos rojinegros en la grada no fue alegría por el gol, sino incomodidad por el gesto. Porque al final, la afición manda. Puede equivocarse, puede ser dura, incluso ingrata a veces. Pero cuando un jugador se esfuerza, se parte el alma y rinde, también es la primera en aplaudirlo y corear su nombre.

Hoy, el gesto de Moya separa más que une. Lo distancia de una afición con la que ya tenía una relación tensa. Y si a eso le sumamos que su contrato vence en diciembre, la imagen que dejó este jueves no le ayuda en nada. Si por la grada fuera, ya no habría renovación sobre la mesa.

El mensaje que queda es preocupante: cuando un jugador manda a callar a su gente, está perdiendo la perspectiva. Porque el hincha no es el enemigo. Es el termómetro. Y cuando silba, no lo hace por deporte: lo hace porque quiere algo mejor de su equipo y de sus referentes.

Moya hizo lo que muchos no: la mandó a guardar. Pero también hizo lo que ningún jugador debería: romper el vínculo con su gente, justo cuando más lo necesita. Porque en esta Liga que sigue soñando con títulos, los goles no pueden venir acompañados de reproches. Tienen que venir con compromiso. Y ese, todavía, no se ha visto del todo.